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Educación nocturna

Ya lo he dicho en otras ocasiones: me cuesta mucho leer a Hilario Barrero con objetividad, soy incapaz de alejarme y hacer la recepción con la distancia requerida para poder emitir un juicio, una crítica, una recensión ecuánime y neutral. Así que no voy a intentarlo. He leído prácticamente todo lo que ha publicado, sus diarios y sus poemas, y no practica una literatura extraña a su vida, sino estrechamente ligada; incluso de sus traducciones puedo extraer huellas de sus vivencias y su personalidad, y esto lo convierte en un autor identificable: creo que podría reconocer cualquier texto como suyo.

Hilario es un neorrenacentista, un neoclásico. Cuando leo Educación nocturna (Renacimiento, 2017) borbotea entre sus versos Fernando de la Torre, Villamediana, Argensola… Se oye como un eco a Pármeno, se camina con Lázaro por Nueva York y por Toledo.

En esta antología rearmada y dotada de sentido casi narrativo, la construcción de una vida, están todas la claves, las imágenes y los símbolos recurrentes de su poesía, casi siempre armadas en torno a la antítesis, una oposición enriquecida porque un mismo símbolo adquiere distintos significados: el fuego, los rescoldos, la ceniza, las brasas del amor, el desamor, la juventud y la vejez; la peste, el metal, el polvo, el agua, la sombra, la humedad, el frío… Todo amalgamado con un constante aire clásico de oda modernizada, actualizada, a veces sucia, casi siempre luminosa.

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