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Irreal como el cielo

Estoy disfrutando mucho la serie Penny Dreadful. Se desarrolla en la Inglaterra victoriana y junta en una única trama a Frankenstein, Dorian Grey, el hombre lobo… pudiera parecer un despropósito pero no lo es, y el guión lo convierte en un delicado engranaje de terror, metaliteratura y lirismo. En el episodio quinto de la segunda temporada hay una escena muy hermosa: en una especie de cloacas-hospital para atender a los enfermos de cólera Vanesa Ives, la protagonista, y la criatura creado por el Dr. Frankenstein mantienen una conversación hermosísima sobre la identidad que acaba con ambos personajes recitando el poema de John Clare I am. Al verlo recordé que María José Hernández Lloreda había incluido en su Una aguja en un pajar la traducción/versión de Leopoldo María Panero. Se puede comparar con esta traducción más literal, pero tras leer la de Panero creo que es el único acercamiento posible en castellano al poema de Clare. Y me confirma que solo un buen poeta puede traducir un buen poema; o lo digo de otro modo: solo me interesa la traducción de un poema si está hecha por un buen poeta.

Un poema de John Clare

I am
(je suis)

Soy—más qué soy nadie sabe ni a nadie
le interesa—mis amigos
me dejaron como un recuerdo inútil
que sólo se alimenta de su propia desdicha
de mis penas que surgen y se van, sin más, y para nada
ejército en marcha hacia el olvido
sombras confusamente mezcladas a los pálidos
mudos, convulsivos, escalofríos de algo
parecido al amor—y pese a todo soy, y vivo
como vapor en el cristal, que borrarán seguro
cuando llegue el día.

                            En la nada del desprecio, en el ruido de muerte de la vida
en el mar frenético de los sueños despiertos, del delirio
que tranquiliza a los hombres, pero más allá aún
donde hay rastro de sensación de vida
nada más que un gran naufragio en mi vida de todo lo que quería
hasta de los más íntimos amores, por los que hubiera dado la vida
son ahora extraños—mas todavía que el resto.

Languidezco en una morada que ningún hombre holló
un lugar en que jamás aún mujer lloró o sonrió
para estar a solas con Dios; el Creador
y dormir ese sueño que dormía en la infancia
procurando no molestar a nadie—helado, mudo, yazco
sobre la hierba como un perro, irreal como el cielo.

Narciso en el arcorde último de las flautas (Visor, 1979)

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